Empezar por el final: cómo crear misterio en una historia

Nadie peor que un escritor/a para juzgar su propia obra. En lo bueno y en lo malo.
Motivos hay muchos, pero el que vamos a tratar hoy es de los más importantes. Porque puede que tu historia sea una maravilla, que contenga giros imprevisibles y personajes apasionantes. Y, sin embargo, puedes perder al lector/a antes de que llegue a ellos. Por una razón muy sencilla: se ha cansado de esperar.
Y no lo has visto venir porque tú, sí tú, sí sabes que lo que va a venir es apasionante. Pero solo lo sabes tú. Quizás se ha aburrido con la larguísima presentación de tus protagonistas y su completa genealogía, o con la detallada representación de tu mundo. Estás tan enamorado/a de lo que va a pasar que te has olvidado de adelantarle un poco de esa emoción. Tu historia, sencillamente, tarda demasiado en arrancar.
Y quizás alguien te lo comenta. ¿Y qué nos pasa? Nos entra el miedo. Tu instinto, mal aconsejado por el miedo, dirá que no vales, que deseches todo, que vuelvas a empezar, quizás incluso que te rindas.
Ya sabes que te vamos a aconsejar que no lo escuches.
No porque seamos personas cándidas, sino por dos buenas razones: reescribir es una parte fundamental de la escritura ( nunca nos vamos a cansar de repetírtelo ) y, el motivo que más te va a gustar: tiene fácil solución.
¿Y si desvelamos el final?
Te entendemos. Guardas ese final como un tesoro, como una bomba que piensas que es la fuerza principal que obligará al lector/a a pasar página tras página. Revelar cómo termina tu historia, o mostrar un pequeño vistazo de ese desenlace desde las primeras páginas, puede parecer una decisión sin sentido. Al fin y al cabo, si contamos lo que va a ocurrir, ¿qué misterio queda por descubrir? ¿Por qué nos leen?
Pues porque, la mayoría de las veces, el camino, y no el destino, es la parte más interesante. Y algunas grandes obras literarias lo han tenido muy claro.
«El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana.»
Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez.
No, no es un spoiler. Es la primera frase del libro. Bueno, técnicamente sí estamos recibiendo una información fundamental de la trama que nos desvela el destino del protagonista, pero García Márquez hace algo mucho más interesante que esconderla: la coloca delante de nosotros desde la primera línea, primera página.
Sabemos que Santiago Nasar va a morir. Sabemos incluso que su asesinato será el acontecimiento alrededor del cual girará toda la novela. Y, aun así, seguimos leyendo.
¿Por qué?
Porque la pregunta principal deja de ser «¿morirá Santiago Nasar?» y pasa a ser «¿cómo hemos llegado hasta aquí?». Queremos conocer las circunstancias, las decisiones y los malentendidos que terminarán conduciendo a ese asesinato. ¡Incluso el propio título es un spoiler! La muerte está anunciada, y te vamos a contar los motivos. Lo que queda por descubrir es todo lo demás.
Y es apasionante.
Precisamente ahí está la clave de esta técnica: puedes eliminar una pregunta y crear otras todavía más interesantes. No es la única vez que Gabo utilizó esta técnica magistralmente. Sí, el ejemplo lo conocemos todos. Es uno de los principios más famosos de la literatura, pero merece la pena pararnos un momento a analizar por qué funciona.
Uno de los motivos es el espectacular y complejo uso de los tiempos narrativos, futuro, presente y pasado conviven en una sola frase, pero el que nos interesa ahora es otro: comienza desvelando el destino aparente de uno de sus protagonistas.
Y eso ya te ha atrapado.
Sabes cuál es la frase, pero, aun así, te la vamos a recordar:
«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.»
Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
Otra vez.
Sabemos que el coronel Aureliano Buendía estará frente a un pelotón de fusilamiento. Sabemos que recordará aquel momento de su infancia. Y queremos descubrir qué camino conecta esas dos imágenes. El misterio, como ves, vuelve a estar en el recorrido. Este tipo de decisiones pueden suponer un cambio revolucionario cuando trabajamos en una novela, donde la estructura y la dosificación de la información pueden determinar por completo el ritmo de la historia.
No Necesitas revelar una muerte
Vale, quizás te parece exagerado empezar con una muerte.
Quieres cocinar algo a fuego lento, hacerlo más sutil. Perfecto. Tampoco hace falta empezar anunciando un asesinato. Podemos utilizar el mismo mecanismo de una manera mucho más delicada. Y aquí llegamos a otra versión de la técnica.
No tienes por qué revelar el final. Puedes sencillamente insinuarlo. Un personaje puede decir que nunca volvió a entrar en aquella casa. Una narradora puede recordar una conversación aparentemente insignificante y advertirnos de que, años después, comprendería su verdadero significado.
Un protagonista puede escribir algo tan sencillo como:
Si hubiera sabido lo que iba a ocurrir aquella noche, habría cogido el primer tren de vuelta.
Y ya está. No sabemos qué va a ocurrir. Pero queremos saberlo, ¿verdad?. Este tipo de anticipación funciona porque introduce una pequeña grieta en el presente de la narración. Hay algo que el narrador/a sabe y nosotros todavía no. Esa diferencia de información genera curiosidad, porque no soportamos que nos oculten cosas.
Y, además, permite crear una promesa; Esto que estás leyendo tendrá consecuencias.
Por ejemplo, otro gran clásico que comienza así:
«Anoche soñé que volvía a Manderley.»
Rebecca, de Daphne du Maurier.
Qué elegancia.Y qué manera tan eficaz de abrir una historia. ¿Manderley? ¿Qué es Manderley? Seguimos leyendo para descubrirlo.
La frase apenas nos da información concreta, pero sí nos transmite algo importante: Manderley pertenece a un pasado al que la narradora mira desde la distancia. Sabemos que ha estado allí, que ha regresado en sueños y que existe una historia oscura detrás de ese lugar. A medida que avanzamos, entendemos que ese pasado está marcado por la desaparición de Rebecca y por la destrucción de Manderley. Pero, cuando empezamos a leer, todavía no sabemos qué ocurrió exactamente ni cómo se llegó hasta allí. La novela nos ha colocado delante de una puerta cerrada. Una puerta que sabemos que conduce a algo trágico, aunque todavía no conozcamos la naturaleza exacta de esa tragedia. Y queremos abrirla. Ese es el poder de la anticipación.
El truco está en no explicarlo todo
Aquí es donde podemos matar nuestra propia tensión: pensar que debemos explicar inmediatamente qué sucederá.
«Aquella fue la última vez que vi a mi hermana con vida porque esa misma noche la secuestraron, la llevaron a una casa abandonada y…».
No.
Para cuando terminemos el párrafo, probablemente el lector/a ya esté mirando el móvil, sencillamente porque se lo has contado todo. La anticipación funciona mejor cuando abre preguntas en lugar de cerrarlas. Puedes revelar el destino sin revelar las circunstancias. Puedes mostrar una consecuencia sin explicar su causa. Puedes enseñar una pieza del puzle sin entregar la imágen completa.
Estás obligando al lector/a a participar en la construcción de ese puzle. Y participar es lo que más engancha. En el relato, por ejemplo, este recurso resulta crítico: tienes menos espacio para construir la tensión y cada información que adelantas o escondes puede cambiar por completo el efecto de tu historia.
El peligro: convertir el misterio en una promesa vacía
Pero tengamos cuidado. Podemos correr el riesgo de sembrar tantas preguntas, tantos misterios y tantos «ya descubrirás qué pasó» que el lector/a termine sintiendo que le estamos tomando el pelo.
Sí, estamos pensando en la serie Lost.
Si al principio de una novela prometes que una casa esconde un secreto terrible, ese secreto tendrá que estar a la altura de la expectativa que has creado. La anticipación debe estar conectada con la historia real. No introduzcas una revelación gigantesca únicamente para llamar la atención si después descubrimos que no tenía ninguna importancia. Igual que a todas nos gusta participar en un juego, si nuestros lectores/as sienten que les hemos engañado, no nos lo van a perdonar en la vida.
El misterio tiene que prometer algo. Y la historia tiene que cumplirlo.
Una buena anticipación puede transformar escenas normales
Hay otra gran ventaja en empezar por el final o anticipar acontecimientos: puedes conseguir que una escena cotidiana, aburrida, tenga tensión aunque, en apariencia, no esté ocurriendo nada extraordinario. Un ejemplo…
Un marido prepara una gran olla de pasta. Ha comprado un vino especialmente caro para esa noche. Cena con su familia. Todo parece normal. Pero si sabemos, si nos dicen, que esa será la última cena que compartirán juntos, la escena se vuelve apasionante. Sí, podrías simplemente haber descrito la cena y respetado el orden cronológico, contar la revelación al final. Pero ¿a que no tiene el mismo interés? El camino, como te comentamos.
La conversación más trivial adquiere otro peso. Una mirada puede convertirse en una pista fundamental. Una frase aparentemente inocente puede adquirir un significado diferente cuando llegamos al final. Y vamos a querer seguir leyendo porque sabemos que esa escena es trascendente.
Este es uno de los grandes placeres de la anticipación: hacer que el lector/a descubra después que algo que parecía insignificante estaba delante de sus ojos desde el principio.
Entonces, ¿cuánto final debemos revelar?
La respuesta depende de tu historia. Puedes ser directo/a, como García Márquez en Crónica de una muerte anunciada, y contar desde la primera línea cuál será el destino del protagonista. Puedes ser mucho más sutil, como Daphne du Maurier en Rebecca, y utilizar un recuerdo, una imagen o una frase para transmitir que existe un pasado que todavía no conocemos.
O puedes situar al lector/a después del acontecimiento principal y reconstruir sus causas mediante saltos temporales. Las tres estrategias funcionan. Lo importante es que tengas claro qué quieres que el lector/a se pregunte después de conocer esa primera información.
Si revelas el final y ya no queda ninguna pregunta interesante, has eliminado la tensión.Si revelas el final y aparecen tres preguntas nuevas, acabas de abrir un camino. Y el lector/a estará deseando recorrerlo contigo.
