Cómo crear una voz narrativa inolvidable

En más ocasiones de las que creemos, lo que hace única nuestra historia no está, realmente, en la historia propiamente dicha. Quizás, esa magia reside en otro detalle que se suele pasar por alto y puede transformar por completo la obra.
A todos nos encantan las ideas únicas, aquellas que hacen volar la cabeza por su originalidad. Y es comprensible, perfectamente razonable que las busquemos. Sin embargo, querer depender siempre de ese golpe de efecto puede llevarnos a bloquear nuestra escritura, a convertirlo en una excusa para no escribir o, aún peor, desechar historias maravillosas porque no nos parecen lo suficientemente rompedoras. Porque se nos olvida un detalle, algo que hemos experimentado muchas veces en nuestra vida; Lo que atrapa de una historia no es tanto lo que ocurre, sino también quién te lo está contando.
De hecho, una de las primeras sorpresas que descubren quienes empiezan a escribir es que una buena historia no siempre necesita una premisa revolucionaria. A menudo, aprender a construir personajes y narradores con personalidad cambia por completo la forma en que entendemos la escritura.
Imagina; ¿Y si el narrador de nuestra historia no fuera tan transparente como parece? ¿Y si su forma de ver el mundo estuviera deformada por sus miedos, sus deseos o sus propios prejuicios? ¿Y si, en realidad, no pudiéramos confiar del todo en él?
Una voz narrativa especial puede transformar por completo nuestra experiencia como lectores/as. Nos despierta desde la primera línea, nos obliga a interpretar, a buscar significados ocultos y a leer entre líneas. Porque una voz no se define únicamente por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta: las palabras que elige, aquello que decide ocultar, sus emociones, sus contradicciones e incluso sus silencios.
En cierto modo, acabamos convirtiéndonos en cómplices de esa mirada particular sobre el mundo.
¿Quieres un ejemplo perfecto?
“El doctor Strauss dise que devo escrivir lo que pienso y todas las cosas que me pasan a mi desde aora. No se porque pero el dise ques mui importante para que pueden ber si ellos pueden usarme a mi. Yo espero que ellos me usen a mi”.
Flores para Algernon, de Daniel Keyes.
No te adelantes, no hay erratas en ese texto.
Acabas de leer el comienzo de una novela galardonada con el premio Nebula y adaptada en varias ocasiones al cine y la televisión. El narrador es Charlie Gordon, un hombre con discapacidad intelectual que participa en un experimento destinado a aumentar su inteligencia. Su forma de escribir, llena de errores ortográficos y gramaticales, no es una excentricidad del autor, sino una decisión narrativa cuidadosamente construida.
A medida que Charlie evoluciona, también lo hace su manera de expresarse. Su voz cambia y el lector cambia con ella. Daniel Keyes consigue algo extraordinario: no nos limitamos a observar la transformación del personaje, sino que la vivimos desde dentro. Y ahí reside una de las grandes virtudes de la novela: disponer del espacio suficiente para que la evolución del personaje y de su propia voz narrativa se desarrollen de forma gradual, casi imperceptible, hasta transformar por completo nuestra percepción de la historia.
En este caso, además, Charlie funciona en muchos momentos como un narrador no fiable. No porque intente engañarnos, sino porque su comprensión del mundo es limitada y nosotros, como lectores/as, percibimos cosas que él mismo es incapaz de entender.
Pero no hace falta llegar tan lejos
Sin embargo, no queremos desanimarte; Una voz inolvidable no necesita un recurso tan extremo. Puede bastar, sencillamente, con trasladar las propias incoherencia del personaje a la narración. Porque no, nadie es perfecto, lo sabemos, y muchas veces creamos personajes tan redondos que terminan provocando distancia.
Hablemos de Eleanor Oliphant, por ejemplo, protagonista de Eleanor Oliphant está perfectamente, de Gail Honeyman:
“Soy Eleanor Oliphant. No necesito a nadie: no hay un gran vacío en mi vida, no falta ninguna pieza en mi puzle particular. Soy una entidad autosuficiente. Al menos, eso me he dicho siempre. Hasta que anoche conocí al amor de mi vida. Lo supe sin más en cuanto lo vi salir al escenario”.
Desde las primeras líneas percibimos algo extraño. Eleanor se presenta como una mujer completamente satisfecha con su vida, pero hay cierta rigidez en sus palabras, una necesidad excesiva de convencerse a sí misma y una seguridad que resulta sospechosa.
La autora apenas necesita unas frases para sembrar la duda. Esa capacidad para sugerir más de lo que se dice y para hacer que unas pocas líneas despierten preguntas en el lector/a es una habilidad especialmente importante en las narraciones breves, donde cada palabra y cada matiz de la voz cuentan.
Intuimos que existe una distancia entre lo que Eleanor cree de sí misma y lo que realmente ocurre. Y esa distancia es precisamente la que genera el interés, la que nos hace pensar que acompañarla será un viaje interesante. Y eso, a pesar de que el planteamiento de lo que nos cuenta, a priori, está lejos de ser original.
La voz también puede ser humor, cinismo o ingenuidad
Algunas de las voces más memorables de la literatura ni siquiera destacan por ser poco fiables, sino por tener una personalidad inconfundible. Y eso no depende del género. Da igual que estemos escribiendo una novela de quinientas páginas o un cuento de apenas diez: una voz reconocible puede convertir una historia sencilla en una lectura imposible de olvidar.
Holden Caulfield, en El guardián entre el centeno de J. D. Salinger, observa el mundo con un cinismo y una sensibilidad que han marcado a generaciones de lectores. Humbert Humbert, en Lolita de Vladimir Nabokov, utiliza una prosa bellísima para justificar acciones moralmente reprobables, creando uno de los narradores más inquietantes e incoherentes de la literatura del siglo XX. Y Patrick Bateman, protagonista de American Psycho de Bret Easton Ellis, alterna descripciones obsesivas sobre marcas y apariencias con una violencia extrema, generando una sensación constante de extrañeza.
Todos ellos comparten algo: sabemos que no podemos confiar del todo en lo que nos dicen y, por ese pequeño detalle, podríamos reconocerlos en cada párrafo, aunque sus nombres desaparecieran de la página. Sabemos que solo pueden ser ellos.
¿Y cómo se construye una voz propia?
La respuesta suele decepcionar un poco: no se encuentra, se desarrolla. Tienes que conocer a tus personajes, lo que quieren y, lo que creen querer, lo que piensan que son y lo que realmente son Esa distancia, es lo que los convierte en inolvidables.
La voz nace de las decisiones. Del vocabulario que utiliza el personaje, de las cosas en las que se fija, de aquello que considera importante y de la manera en que interpreta lo que sucede a su alrededor.
